17/6/26

MIENTRAS EL GOBIERNO DE ESPAÑA PIENSA EN EL FUTURO DEL PAÍS, OTROS SÓLO PIENSAN EN SU INTERÉS

 Mientras la actualidad política nacional se consume en polémicas muchas de ellas estériles y de difícil comprensión, el mundo avanza hacia una profunda transformación geopolítica. La creciente rivalidad entre Estados Unidos y China marcará el futuro de las próximas décadas y condicionará el papel de Europa. Sin embargo, estos debates estratégicos apenas encuentran espacio en una agenda informativa dominada por el ruido.

Nos tienen entretenidos desde "la agenda mediática madrileña", agobiados y, por qué no decirlo, de mal humor. Sin embargo, poco se habla de la cuestión verdaderamente relevante: ¿estamos a punto de vernos obligados a alinearnos con los intereses de Estados Unidos o con los de China? Esta situación nos aparta de la realidad y dificulta la comprensión de los auténticos problemas que debemos afrontar los ciudadanos europeos y todas las personas que viven en la Unión Europea.

Por ello, quiero aprovechar esta ocasión para trascender el barro cotidiano en el que algunos pretenden atraparnos y poner de relieve la importancia de los viajes y acuerdos alcanzados entre España y China, fruto de una visión estratégica que Pedro Sánchez ha tratado de impulsar desde el Gobierno de España. Una cuestión —la de las esferas de influencia y el equilibrio entre grandes potencias— que, semanas después, acabaría situándose también en el centro de las conversaciones entre Donald Trump y Xi Jinping.

Me refiero a la llamada «Trampa de Tucídides», un concepto inspirado en el historiador griego que explicó cómo el ascenso de Atenas y el temor que ello provocó en Esparta condujeron al conflicto entre ambas potencias. Trasladado a nuestros días, China ocuparía el papel de potencia emergente y Estados Unidos el de la potencia que observa con inquietud la pérdida de su hegemonía relativa.

Xi Jinping planteó a Trump si ambos países serían capaces de superar esa «Trampa de Tucídides»; es decir, evitar que la rivalidad entre una potencia ascendente y otra que percibe amenazada su posición desemboque en una confrontación de consecuencias imprevisibles para el conjunto del planeta.

Este es el tipo de asuntos que debería ocupar nuestras tertulias y debates públicos, y no la morralla política ni la marrullería permanente con la que, día tras día, se alimenta la agenda informativa. Temas que, aun siendo importantes, terminan distrayéndonos de los grandes desafíos globales que determinarán el futuro de nuestra civilización.

Si seguimos así, atrapados en las redes de la deshumanización, el odio y la desinformación programada por el “sistema”, corremos el riesgo de convertirnos en meros espectadores de un nuevo orden mundial en el que los tecno-oligarcas estadounidenses y el capitalismo de Estado chino —que algunos presentan como una forma de socialismo— disputan su influencia global, mientras nuestras imperfectas democracias liberales ven erosionada su capacidad para defender el interés general y preservar el Estado del bienestar conquistado por generaciones de europeos.



 

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