Nos
tienen entretenidos desde "la agenda mediática madrileña", agobiados
y, por qué no decirlo, de mal humor. Sin embargo, poco se habla de la cuestión
verdaderamente relevante: ¿estamos a punto de vernos obligados a alinearnos con
los intereses de Estados Unidos o con los de China? Esta situación nos aparta
de la realidad y dificulta la comprensión de los auténticos problemas que
debemos afrontar los ciudadanos europeos y todas las personas que viven en la
Unión Europea.
Por
ello, quiero aprovechar esta ocasión para trascender el barro cotidiano en el
que algunos pretenden atraparnos y poner de relieve la importancia de los
viajes y acuerdos alcanzados entre España y China, fruto de una visión
estratégica que Pedro Sánchez ha tratado de impulsar desde el Gobierno de
España. Una cuestión —la de las esferas de influencia y el equilibrio entre
grandes potencias— que, semanas después, acabaría situándose también en el
centro de las conversaciones entre Donald Trump y Xi Jinping.
Me
refiero a la llamada «Trampa de Tucídides», un concepto inspirado en el
historiador griego que explicó cómo el ascenso de Atenas y el temor que ello
provocó en Esparta condujeron al conflicto entre ambas potencias. Trasladado a
nuestros días, China ocuparía el papel de potencia emergente y Estados Unidos
el de la potencia que observa con inquietud la pérdida de su hegemonía
relativa.
Xi
Jinping planteó a Trump si ambos países serían capaces de superar esa «Trampa
de Tucídides»; es decir, evitar que la rivalidad entre una potencia ascendente
y otra que percibe amenazada su posición desemboque en una confrontación de
consecuencias imprevisibles para el conjunto del planeta.
Este
es el tipo de asuntos que debería ocupar nuestras tertulias y debates públicos,
y no la morralla política ni la marrullería permanente con la que, día tras
día, se alimenta la agenda informativa. Temas que, aun siendo importantes,
terminan distrayéndonos de los grandes desafíos globales que determinarán el
futuro de nuestra civilización.
Si seguimos
así, atrapados en las redes de la deshumanización, el odio y la desinformación
programada por el “sistema”, corremos el riesgo de convertirnos en meros
espectadores de un nuevo orden mundial en el que los tecno-oligarcas
estadounidenses y el capitalismo de Estado chino —que algunos presentan como
una forma de socialismo— disputan su influencia global, mientras nuestras
imperfectas democracias liberales ven erosionada su capacidad para defender el
interés general y preservar el Estado del bienestar conquistado por
generaciones de europeos.

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