La presencia reiterada de carteles con mensajes racistas y xenófobos en el campus de la Universidad de La Rioja plantea una cuestión de fondo: la necesidad de defender los valores democráticos frente a los discursos que estigmatizan a las personas por su origen.
Es habitual encontrar, durante un paseo por el campus de la Universidad de La Rioja, un sinfín de propaganda: desde la estrictamente comercial o cultural hasta, en su mayoría, la de contenido político.
Sin embargo, en esta ocasión quiero centrarme en la cartelería de carácter fascista que, un día sí y otro también, inunda el parque universitario. Estos mensajes promueven un ideario racista y xenófobo contra las personas migrantes y las de segunda generación, recurriendo a viejos tópicos sobre el empleo, la convivencia o la conflictividad social para alimentar prejuicios y señalar a determinados colectivos como responsables de problemas que afectan al conjunto de la sociedad.
La cuestión es si en un barrio de trabajadores y muy multicultural si debemos resignarnos a dejar estos carteles intactos hasta que el sol los descolore o si, por el contrario, debemos responder haciendo visibles mensajes que ensalcen y defiendan los valores democráticos, la igualdad y el respeto a la diversidad.
La universidad no es únicamente un espacio de formación académica; también debe ser un lugar de convivencia, pensamiento crítico y compromiso cívico. Frente a la intolerancia, el silencio y la indiferencia no son las únicas opciones. Cabe promover una respuesta colectiva, pacífica y respetuosa, que reivindique la dignidad humana y recuerde que ninguna persona debe ser discriminada por su procedencia.
La pregunta, por tanto, sigue abierta: ¿donde están los partidos democráticos?
¿dejamos que el odio ocupe las paredes o hacemos visible, también en ellas, nuestro compromiso con la democracia?
