España ha dicho no a EEUU en la guerra contra Irán, si a un estado Palestino, no a incrementar el gasto militar hasta un 5% del PIB, hemos reestablecido relaciones con Argelia, vamos a dar nacionalidad a saharauis....Hasta en cinco ocasiones Pedro Sánchez a visitado China.
Es comprensible que el caso de Ceuta esté siendo abordado por el Gobierno de España y, más
concretamente, por los ministros directamente afectados, con una posición prudente. Marruecos sigue siendo considerado, al menos oficialmente, un socio estratégico y fiable. Sin embargo, lo ocurrido no puede reducirse a una simple casualidad ni quedarse únicamente en la imagen de miles de personas entrando de forma irregular en territorio español.
Quedarse exclusivamente con la fotografía del conflicto callejero sería un error. Y ese es precisamente el terreno en el que están intentando situar el debate el PP, Vox y determinados altavoces mediáticos: convertir una crisis compleja en un problema de orden público y de dejación gubernamental, dejando en segundo plano sus posibles dimensiones políticas, diplomáticas y geoestratégicas.
Dicho esto, y una vez superada la fase más grave de este lamentable incidente, sería necesario analizar con rigor qué ha ocurrido realmente y si estamos ante un episodio aislado o ante una posible estrategia de presión que pueda encajar en lo que se denomina guerra híbrida.
También debería investigarse, sin prejuicios pero con toda la información disponible, si existe algún tipo de coordinación o interés compartido entre Marruecos y otras potencias internacionales, incluidas Estados Unidos e Israel, orientado a condicionar la posición de España. No se trata de afirmar algo que hoy no está demostrado, sino de plantear las preguntas que corresponden a un Estado soberano cuando se produce una crisis de estas dimensiones en una de sus fronteras.
Si finalmente se confirmara que Ceuta ha sido utilizada como instrumento de presión geopolítica contra España, las consecuencias deberían ser analizadas no solo por nuestro país, sino también por la Unión Europea. En ese escenario, habría que replantearse qué significa realmente considerar a Marruecos un socio estratégico y hasta dónde puede llegar esa relación cuando están en juego la seguridad, la soberanía y los intereses nacionales y europeos.
España y la UE no pueden limitarse a mantener relaciones basadas en la idea de que determinados países son «socios fiables» por mera conveniencia diplomática. El mundo está cambiando, el equilibrio internacional se está reajustando y China incrementa progresivamente su peso económico, político y estratégico. En este nuevo escenario, España y Europa necesitan una política exterior propia, basada en sus intereses, su autonomía estratégica y la defensa de sus valores democráticos.

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