Las tensiones entre generaciones han existido siempre. No
estamos ante un fenómeno novedoso. Sin embargo, el auge del llamado
“identitarismo generacional” está desviando la atención de lo verdaderamente
importante: el origen de la desigualdad. Y este no es otro que un sistema
económico —el capitalismo— dirigido por una minoría que se beneficia a costa
del conjunto de la sociedad.
En los últimos años, factores como el impacto de las redes
sociales, las secuelas de la pandemia y la acumulación de crisis económicas han
profundizado la brecha. Se ha instalado un clima de desconfianza y reproches
cruzados: los llamados ‘boomers’ critican la supuesta desmotivación de la
generación Z; los ‘millennials’ responsabilizan a sus mayores de su
inestabilidad laboral; y la generación X lamenta la pérdida de respeto hacia
sus referentes.
Hoy, sin embargo, la situación ha cambiado. La fragmentación
cultural impulsada por las redes sociales y las crecientes diferencias
económicas —entre jóvenes con empleos precarios y personas mayores con
patrimonio consolidado— han colocado el conflicto generacional en el centro de
la conversación pública, aunque quizá esté señalando el problema equivocado. La
alternativa pasa por una organización más allá del factor edad o de género
tomando conciencia de lo que somos y desde ahí solo cabe el organizarse contra
el capitalismo.

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